Del
libro
Jardín de catástrofes
Jardín de catástrofes
(cuentos brevísimos
sueltos 1980-2012)
© REYNALDO DISLA
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Filósofo de las favelas. Gráfica de Rey Disla. |
Filósofo de las favelas
Desde mi primer contacto con alienígenas, la realidad de nuestro
planeta estuvo clara: éramos la repetición en miniatura de otros universos
infinitos. La Tierra es al cosmos lo que el hormiguero doméstico a Brasil. Por
tanto, toda actividad humana figura entre los múltiples actos predecibles en el
tiempo y el espacio, que son en sí mismos una repetición (lo que yo comía, de
la basura, era un manjar exquisito en otros habitáculos siderales). Daba lo
mismo que saliera o no a mendigar el pan de cada día, con respecto al universo;
si yo no lo hacía lo haría otro ser en alguna parte de los espacios perennes.
Así que me dediqué a contemplar esos espejos callejeros que son los
transeúntes: ellos son el reflejo de
lo que sucede a otros entes en los múltiples mundos. De tanto mirar los autos,
gentes, aviones, carruajes, buses y todo lo que pasaba, la mirada se me tornó
fija, y ya veía pasar sin mover las pupilas o el cuello. Yo mismo, refugiado en
la caja de cartón donde dormía, devine, con el paso de los meses, en una
alegoría estancada, gorda y hedionda. En una de las noches salvajes de São
Paulo, cuando los escuadrones asesinos venían a linchar a los niños callejeros,
tres arcángeles azules se detuvieron ante mí; esa noche dormitaba ebrio por los
licores navideños rescatados en los cestos de la basura. Tenía la absoluta
seguridad de que esos emisarios divinos llegaban para transportarme a la
dimensión que yo merecía. Los disparos dirigidos a mi cabeza, que esperé
alborozado, solo eran el botón de la máquina del tiempo que me trasladaría a un
nivel superior de existencia, a través de ese vehículo metagaláctico que los
ignorantes llamarían mi muerte.
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